lunes, 11 de abril de 2016

Gris

 
Estoy tumbada sobre la arena caliente mirando el cielo encapotado. Hace un calor sofocante. La expectativa gris de las nubes se percibe como un peso y una promesa a la vez. Siento sobre mi la carga de esa capota inmensa que me encierra en un espacio al margen del resto. Fuera de esa capota hace sol y el aire es posiblemente fresco. Las ideas serán nítidas como el ambiente, los pensamientos luminosos. Debajo de esta capota gris, de esta urna de cristal los pensamientos se muerden la cola. El aire se tensa ante la incertidumbre esperando algún movimiento, algún cambio que dé paso al instante siguiente.

Me quedo un rato suspendida en la indefinición de este gris que no se decide. Nos miramos mutuamente enfrentados como espejos. ¿Quién se arriesgará primero a moverse, a dar una pista al otro de su próximo movimiento? Él es mayor, es su turno.

El cielo abre un pequeño espacio por donde se cuela la cola blanca de un delfín. Es un guiño. Sonrío. Después, silenciosa, vuelve a cerrarse la cúpula exigiendo una actitud de recogimiento, un instante de sagrada contemplación. Observo sin moverme sobrecogida por el carácter casi apocalíptico de lo que está por llegar.

La lluvia se descarga primero en pesadas gotas desacompasadas. Después se establece un ritmo más continuo. Mi cuerpo va empapándose como la tierra, tan ávido como ella de ese contacto líquido. Llueve en Levante. Llueve en agosto. La tierra lo celebra liberando olores chamuscados. Llueve en Levante y el vacío se descarga de tensión, se permite soltar, bañarnos de su cansancio. Llueve. Yo también suelto descansando sobre la arena caliente bajo mi espalda, sosteniendo la lluvia fresca sobre mi pecho.

Estoy tumbada en el fondo de un océano de aire…llueve.

No podría decir si respiro o nado. No me muevo. Quiero vivir la experiencia de bañarme de agua en el fondo de este océano de aire. La lluvia me va empapando, contándome lo que paso allí arriba, en las nubes. Viene de tan lejos, ha hecho tanto camino que ya solo le queda fuerza para desplomarse sobre mi…sobre la arena…sobre las algas secas y las olas húmedas. Ha venido a rendirse a este hueco de aire, exhausta, impotente, casi muerta. Su viaje termina aquí pero también podría decirse que empieza. No existe el tiempo para la lluvia.

Sobre mi siento las colinas frías del norte, las hojas de los castaños, el musgo inerte. La lluvia cuenta su viaje y se desvanece pegada a la piel del mundo. Yo sigo aquí, dejándome abrazar por su ausencia.

jueves, 31 de marzo de 2016

La Cueva del Minotauro

 
Entro en la cueva del Minotauro a pesar de que Ariadna me agarra del brazo y me dice que no entre. Algo en mi sabe que tengo que entrar, que tengo que llegar hasta él para comprender. Ariadna es una niña de seis años que juega entretenida a mi alrededor. Nos bañamos juntas en la piscina. Jugamos a bucear para despertar al unicornio que hay dibujado dentro de un círculo en el fondo. Le hacemos preguntas, él nos responde. Ariadna tiene el poder del hielo, yo el del fuego. Ariadna es una sirena, yo un dragón. Jugamos un buen rato como sirena y dragón hasta que ella pierde su cola. Un unicornio malo se la ha escondido al otro lado de la piscina. La encontramos. Cuando descansamos flotando un rato sin hacer nada le pregunto para que necesitamos el hilo de Ariadna. Me dice que para que la abuela no se pierda. Su abuela es mi amiga la araña, la hilandera, la balanguera. La abuela va a entrar en la cueva, yo también. Quizá entremos juntas…

Llevo el hilo de Ariadna entre los dedos trenzado en ochos. Cada nudo una limitación aprendida. Escucho en alguna película: el Minotauro se alimenta de miedo…el miedo se alimenta de creencias. Liberando las creencias muere el Minotauro.

Hay tantas creencias que han echado raíz en mi que me sería difícil arrancarlas todas. Pero veo una, una que brilla por encima de todas las demás como un cartel de neón. ¿Serás capaz? ¿Serás capaz de caminar hasta el Minotauro? ¿Serás capaz de matarlo? ¿Serás capaz de volver?....

Temo de lo que soy capaz. Una pequeña voz habla constantemente dentro de mi para recordarme lo poco de lo que soy capaz: mira donde has llegado…sin trabajo, sin pareja, sin seguridad, sin plan…La Voz aunque tenue, tiene mucho peso. Habla en susurros de lo que he perdido, de la víctima en que me he convertido. Hay algo en esa voz que me sugiere merecerlo. Tienes tanto miedo de valer, de ser algo más…la escucho que susurra por debajo. ¿Seré capaz?

miércoles, 16 de marzo de 2016

Sol-edad

 
La soledad me lleva de la mano por sitios inesperados. Observo mis cambios de humor. Unos días segura, convencida del sentido de mi situación, del lugar hacia donde voy. Otros desorientada, pérdida, tensa por tener que decidir el camino que tomar. ¿Qué cambia de un día para otro? ¿Cómo puedo sentirme segura y tranquila un día, optimista por lo que está por venir, animada por el cambio y al día siguiente temerosa, insegura entre todas las posibilidades?.

¿Dónde está la estrella polar para seguirla y no perderme?

En el vacío no se ven estrellas…

Vuelvo a acordarme que estoy aquí sentada para no hacer nada, para dejarme ser, para contemplarme en este preciso momento sin tener que mover un dedo hacia ninguna parte.

Espera…espera…espera…

Regálate esta espera, porque de la espera todo nace. De la espera nace la espera-nza y la esperanza es la luz que te ha de guiar cuando te levantes. Así que tranquila, no estás preparada, puedes esperar algo más, por ti, por mi que estoy al otro lado. Mira, te cuento otro secreto. Esa sol-edad que a veces te pesa y te hace ajena a los demás ha nacido del sol, la fuente de toda energía, de toda vida, por eso has de aprender a habitarla consciente para reconocer su poder en ti. La sol-edad es el impulso del sol que te lleva más allá, que te hace madurar. En la sol-edad puedes llegar a alcanzar la edad del sol, su brillante sabiduría. La sabiduría de cuidarte, nutrirte, llenarte de ti misma para brillar hacia fuera entregando lo mejor de ti, lo más preciado, aquello que solo tu puedes dar al mundo…tu presencia.

¿Será verdad?

Me gusta pensar que el sol vive dentro de mi soledad, llenándola de luz, de brillo, de sabiduría. Ahora entiendo porque estimo tanto su compañía diaria, cada lunes…al sol.

martes, 8 de marzo de 2016

La tormenta

 
Uno entra en el vacío de muchas formas supongo. En mi caso a través de la pérdida, de muchas pérdidas. Esas pérdidas son ya irrecuperables y gracias a ello esa imposibilidad podría suponer una liberación.

Se desprenden de mi muchas cosas, mucha gente. Al hacerlo, aunque me duela, dejan libre el espacio de su presencia para nuevas posibilidades. O quizá  simplemente para dejarme ver lo que hay debajo, pelando la corteza del tronco.

Llama a la puerta una tormenta. Estaba durmiendo. Al despertar el cielo se ha contraído tragándose la claridad de la tarde. El viento silba, avisando del remolino de sensaciones que en breve barrerán la quietud del verano. Las puertas se cierran de golpe, las cortinas se ondulan en silbidos, los árboles gritan, viene!...viene!

Salgo al viento a reconocerme, a bañarme en lluvia. Los rayos amenazan con sus sonrisas torcidas haciendo muecas eléctricas. Reconozco mi fuerza en ellos, mi propósito, mi determinación. La lluvia cae a ráfagas cimbreada por un viento temerario. Una tormenta, una explosión, una conciencia despierta. Observo el devenir de la naturaleza desde una esquina, protegida por las paredes de granito de la casa. Mi furia cabalgando la tormenta, mi enfado al servicio de las fuerzas naturales. Soy la tormenta. Ese arranque, esa bravura, esa ira, esa violencia temeraria que podría destruir cualquier cosa en un instante. Qué nadie se ponga por delante-dice la voz de la tormenta-hoy no hay clemencia…vengo a arrastrarlo todo, a llevármelo todo…no pidáis piedad…hoy soy más fuerte que la vida misma- ruge.

Tuve una mala noche, buscaba culpables, quería cortar cabezas. Rodaron varias frente a mi pero verlas rodar no me calmó. La ira quería más, quería acontecimientos, quería sangre, quería daños, consecuencias… Traía muchas preguntas bajo el brazo, gritaba para hacerse oír porque nadie parecía escucharla.

¿Quién te has creído para hacerme algo así? ¿Por qué ahora? ¿Quien quiere acabar conmigo? ¿Quién cree que merezco esto? ¿Estáis locos? ¿Está loco todo el mundo? ¿No hay ahí fuera nadie que me apoye, que vea donde estoy, lo que siento? ¿Solo hay ciegos a mi alrededor? ¿Qué vida de mierda es esta?

Los infiernos vienen a buscarme y me rodean. Me hacen sudar. Mi corazón palpita. Mi garganta se cierra. Estoy ciega de enfado, de dolor…

La calma solo llega de madrugada cuando los fantasmas vuelven a sus escondites nocturnos.

La tormenta pasa.
La calma se restablece.
Las posibilidades se abren.

miércoles, 2 de marzo de 2016

El tiempo pasado



En algunos momentos escribo en pasado y no es porque esté recordando. Escribir desde ese tiempo me aleja de lo que pasa, como si ya lo estuviera viendo desde la distancia y pudiera contarlo desligada de ello, como si ya estuviera superado. Pero no es así. En este instante sobre esta pequeña mesa de madera con el ventilador girando insistente para dar alivio a este calor sofocante, sigo habitando el centro de una espiral de vacío que viene conmigo. Si alguien pudiera verme así, caminando por la calle en el centro de esta espiral podría pensar en una pequeña galaxia desplomada que camina con una mujer clavada en el centro. Yo podría pensar así, que no he llegado a este vacío de forma natural si no que una galaxia minúscula se desplomó un dia del cielo, por pura casualidad, cayendo fortuitamente sobre mi. Una galaxia que me ha enredado en sus nubes densas, en su silencio estrellado, en su girar infinito. Y así andamos las dos por las calles, una clavada en la otra, intentando dar sentido a este encuentro inesperado.

Si pienso así me resulta más poético, incluso fan†åstico. Las dificultades se transforman en una oportunidad para inventar, para fantasear sobre el destino y el origen de las cosas. Siempre me ha gustado soñar despierta, imaginar que las cosas no son lo que parecen si no algo completamente sorprendente que puede resultar divertido en muchos casos. Porque vivir en el vacío debería ser agotador, incierto, peligroso. Pero visto desde otro lugar podría ser creativo, esclarecedor, poético. Hoy elijo este camino que me lleva a transformar la experiencia que estoy viviendo. Verme clavada en una pequeña galaxia que me viste de tutú con sus nubes espirales me saca una sonrisa que me hace pensar que voy a rescatarme. 

lunes, 22 de febrero de 2016

Mi padre

 Mi padre ha muerto. Una imagen me ha traído su recuerdo. Su corazón se paró en seco, lo derrumbó caminando… el mío latió con más fuerza.

Un segundo estaba, el siguiente partió. ¡Qué viaje tan repentino!. La imagen de su partida sobre las baldosas frías cristalizó en mi memoria. Envuelto en su abrigo de domingo mirando a ninguna parte, su rostro pálido, su cuerpo inerte, sus manos frías. Mi padre, el gran pilar de mi vida derrumbado en el suelo como un hombre muerto. Mi padre arrasado por la fuerza de un terremoto interno. Me arrodillé, le tomé la mano, le llamé…no volvió.

Te dejaste tantas cosas…tus libros, cientos de papeles, tus apuntes, tus escritos, tus coches de infancia…hemos tirado mucho, lo superficial, lo que no entendíamos. Nos hemos quedado cada uno con lo que acierta a entender.

¿Quién fuiste padre?. Yo conocí una parte, un cachito de quien fuiste, lo que me dejaste ver. Pero sé que fuiste mucho más escuchando las palabras de los que han venido a despedirte. Mi cachito es suficiente pero no podré verte del todo, saberte entero. Supongo que eres todos esos trocitos que dejaste esparcidos entre tu gente cercana, entre tus amigos, tus conocidos. Innumerables fragmentos de un hombre que hoy se reúnen sin saber que cada uno trae una parte de ti que los demás no tienen. Quizá eso sea lo más hermoso, verte fragmentado en los corazones de tanta gente.

Padre, ya no eres mío, nunca lo fuiste. Perteneces al mundo, a la gente, a la muerte tanto como a mi. Tu memoria será incompleta, no podré llenarla pero me conformo con lo que dejaste. Escucho mi corazón y te escucho. Muchas palabras, mucha ternura, muchos enfados, muchas sonrisas, todo está en mi. Intento que mi fragmento esté completo, no esconder nada, no idealizarte. Abrirme a tus luces y a tus sombras para saber un poco más quien soy, a quien me acerco cada mañana en el espejo del día. Te agradezco que me trajeras, que me guiaras, que anduvieras cerca. No fuiste perfecto. No soy perfecta. Eso es así.

Desde mi corazón los latidos de mi padre me cuentan que seré capaz.

lunes, 15 de febrero de 2016

¿Quién está al cargo?

 Hay días, cuando me encuentro muy pérdida, que siento la inaplazable necesidad de pedir explicaciones, de preguntar quien está al cargo, quien me ha arrastrado hasta este lugar vacío y sin sentido.

Pregunto porque necesito saber quien es responsable de mi situación. Tiene que haber alguien detrás, alguien que mueve los hilos, alguien que me ha dejado sin padre, sin amiga, sin compañero, sin trabajo. Alguien tiene que haber que ha de pagar por todo esto.

Pregunto y el vacío me responde:…………

Si escucho ese silencio y lo dejo penetrar en mi, hay palabras que surgen y me contestan: hace meses saltaste al vacío, ¿recuerdas?

Recuerdo el dibujo de una niña saltando, una niña que caía sin llegar al suelo, flotando en la caída, concentrada en el salto. Un dibujo que todavía guardo entre mis papeles porque me impresionó. Saltar al vacío dejando sostenerse por el vacío mismo, por la incertidumbre, por lo desconocido. ¿Cómo alguien podría entregarse de forma consciente a semejante locura?. La niña saltaba confiada, parecía disfrutar de su decisión. Pero ¿yo? ¿Había realmente saltado con ella conservando su dibujo entre mis carpetas de trabajo? ¿Había saltado y vivía ahora las consecuencias de ese salto en mi vida? ¿Puede uno dar un salto de conciencia y traer a su vida las consecuencias de ese acto? ¿O daba el salto para empujarme a tomar conciencia?

Si era así no había a quién señalar, era inútil intentar buscar a alguien para hacerle pagar el daño. Me revuelvo. Cuesta hacerse responsable de la propia vida. Darme cuenta y aceptarlo suponía no solo dejar de quejarme si no liberarme del peso de buscar. No había nada ni nadie a quien buscar. Solo podía apelar a mi misma para encontrar la respuesta. Si la respuesta no aparecía no podía hacer otra cosa que esperar. Porque la respuesta estaba ahí dentro, en algún lugar de mi cuerpo, en algún lugar de mi alma, esperando a que estuviese lista para comprenderla.

Esperar era dejarme ser….quererme de esa forma incondicional que acepta lo que fui…lo que soy…lo que seré. Esperar era un acto de amor hacia mi misma, un todo esta bien, un saltaste y aquí estás. En un mundo apresurado en continuo movimiento esperar era lo más difícil que podía hacer. Sola, con dos hijos adolescentes a mi cargo, la vida me pedía que esperase…que comprendiese…sentada en una barca sin mástil…sin timón…sin ancla…en medio de un océano inmóvil…cercada por una espesa niebla…

Me amé…esperé…

lunes, 1 de febrero de 2016

El miedo y yo



Hace meses me encontré remando con el miedo a bordo, como aquel chico con su tigre en la inmensidad del Pacífico. Estábamos solos, frente a frente, a merced de la insondable hondura del océano. Nos mirábamos recelosos como si fuera la primera vez que nos veíamos. Sin embargo llevábamos años en el mismo barco navegando juntos las aguas de la inconsciencia. Pero era ahora cuando por fin nos poníamos rostro, nos veiamos las caras proyectando la mirada el uno sobre el otro. Mi miedo era hermoso, salvaje, feroz. Sus diminutos ojos amarillos concentraban una fuerza indomable, la fuerza del instinto primitivo del que nació. Miraba los ojos de mi tigre, los ojos de mi miedo y en ellos podía ver el miedo humano más antiguo, el origen de todo miedo. No alcancé a entender que podía él ver en mi. Quizá una posible víctima…quizá un verdugo…o quizá solo me prestaba un servicio. Fuera lo que fuere no me quitaba ojo. Pasamos así largas horas buscándonos con la mirada durante el día e intuyéndonos en la negrura de la noche. Con el tiempo la tensión fue relajándose de nuestros cuerpos y adoptamos posturas que pasaron de un inevitable desafío a una cierta indiferencia. Aun así no perdíamos conciencia de la presencia del otro.

Nos fuimos acostumbrando a navegar juntos, en silencio, sin molestarnos. Nuestras vidas discurrían de forma habitual pero en otro lugar navegábamos sin rumbo en la inmensidad del océano. Nunca mostró el menor gesto de ataque, ni siquiera llegó a enseñarme los dientes, solo estaba allí, esperando. Con el tiempo nos dimos cuenta de que tratábamos entre iguales. Yo carecía de sus colmillos afilados como puñales, de sus garras implacables, de su velocidad de felino. Sin embargo mi sencilla presencia se iba fortaleciendo con el paso de los días, mientras él, a mi lado, parecía disminuir de tamaño.

Creo que llegamos a hacernos amigos, o algo bastante parecido. Cuando pensaba en él ya no lo hacia con la ferocidad y el temor de antes, si no con una cierta complicidad, aceptando el lugar que ocupaba en la barca que compartíamos, en la vida. Era consciente de que esa amistad no era posible pero en aquel momento creía en mi necesidad de reconciliación.

Una tarde me olvidé de él y salté al agua. Buceé profundo, quería llegar más allá de su imagen, descubrir que había detrás. Me adentré en la oscuridad del océano, sin una brizna de luz, sin una referencia conocida. Aun así algo tiraba de mi, algo me empujaba a seguir dando brazadas a ciegas. El miedo se había quedado en la superficie, buceaba libre, sola.

Después de un tiempo flotando en las tinieblas sentí que me rozaba un aleteo. Un destello naranja iluminó como un relámpago la ceguedad del espacio. El tigre nadaba delante de mi abriéndose paso entre las olas de negrura espesa. Le seguí. Parecía seguro de si mismo, su nado era firme, me guiaba.

martes, 26 de enero de 2016

El vacío

 Después de la tercera baja médica empecé a sentir que me cercaba el vacío. Recuerdo haber dicho a varias personas que me parecía estar en limbo, flotando en ninguna parte en concreto. No sé si me entendían porque solían mirarme con un gesto entre burlón y descreído. El mundo a mi alrededor seguía empeñado en su rutina diaria mientras yo no podía hacer otra cosa que seguir a mi hombro. Tampoco podía conducir así que caminaba. El dolor los primeros días había sido muy intenso, tanto que solo las estupideces de la televisión me mantenían distraída. Esa era mi única dedicación, la televisión. Cuando el dolor remitió empecé a caminar arriba y abajo para dar sentido a mis días.

El dolor es un aviso, una llamada que surge del silencio más inconsciente para decirte: ¿todavía no sabes de qué te hablo?. Y uno generalmente no tiene ni idea de que habla ese cuerpo que se queja sin sentido. Mi hombro hablaba pero yo no acababa de entender. Para y siéntete! decía, pero uno no puede parar así como así, no es posible. Yo insistía en seguir pero él se negaba a moverse más allá de un cierto balanceo.

La vida fuera seguía su curso mientras algo indefinible se cernía entorno a mi como una gabardina estrecha.

El año había sido tan largo y solo estábamos a junio….

Tres muertes seguidas, tres ausencias, tres pérdidas. Mi cuerpo sentía los huecos que cada pérdida había taladrado como agujeros redondos y precisos, pero yo me negaba a mirar el alcance de semejante escabechina.

 ¿Qué haces tan cerca de mi vacío? ¿quién eres? ¿a qué has venido?

viernes, 22 de enero de 2016

Cartas desde el vacío

 
Me escribo un poco cada día para recordarme que no he de hacer nada. Estoy sentada en el vacío, rodeada de vacío. Mi vida fuera ha ido derrumbándose poco a poco a lo largo del año. Conflictos, pérdidas, desapariciones, cambios continuos hasta dejarme en esta playa sin arena, sin olas, sin gota de mar.

Me escribo un poco cada día para darme alguna pista porque rumbo no tengo, el timón también se fue. He llegado hasta aquí sola, navegando en solitario como se hace todo en la vida aunque nos parezca lo contrario. Mi barco rompió el mástil, rasgo las velas, perdió el ancla. Sentada en su casco con la mano de visera sobre los ojos, recorro el horizonte vacío y me encojo de no ver nada ni a nadie.

Cuando uno acepta donde ha llegado solo es necesario el tiempo para comprender. Tengo tiempo, me han dejado sin hacer…