La soledad me lleva de la mano por sitios
inesperados. Observo mis cambios de humor. Unos días segura, convencida del
sentido de mi situación, del lugar hacia donde voy. Otros desorientada,
pérdida, tensa por tener que decidir el camino que tomar. ¿Qué cambia de un día para
otro? ¿Cómo puedo sentirme segura y tranquila un día, optimista por lo que está
por venir, animada por el cambio y al día siguiente temerosa, insegura entre
todas las posibilidades?.
¿Dónde está la
estrella polar para seguirla y no perderme?
En el vacío no se ven estrellas…
Vuelvo a acordarme que estoy aquí sentada para no
hacer nada, para dejarme ser, para contemplarme en este preciso momento sin
tener que mover un dedo hacia ninguna parte.
Espera…espera…espera…
Regálate esta espera, porque de la espera todo nace.
De la espera nace la espera-nza y la esperanza es la luz que te ha de guiar
cuando te levantes. Así que tranquila, no estás preparada, puedes esperar algo
más, por ti, por mi que estoy al otro lado. Mira, te cuento otro secreto. Esa
sol-edad que a veces te pesa y te hace ajena a los demás ha nacido del sol, la
fuente de toda energía, de toda vida, por eso has de aprender a habitarla
consciente para reconocer su poder en ti. La sol-edad es el impulso del
sol que te lleva más allá, que te hace madurar. En la sol-edad puedes llegar a
alcanzar la edad del sol, su brillante sabiduría. La sabiduría de cuidarte,
nutrirte, llenarte de ti misma para brillar hacia fuera entregando lo mejor de
ti, lo más preciado, aquello que solo tu puedes dar al mundo…tu presencia.
¿Será verdad?
Me gusta pensar que el sol vive dentro de mi soledad,
llenándola de luz, de brillo, de sabiduría. Ahora entiendo porque estimo tanto
su compañía diaria, cada lunes…al sol.
Todos tenemos nuestros propios ciclos y estaciones, recorremos diferentes estados de actividad y de soledad, de buscar y encontrar, de descansar, de pertenecer e, incluso, de desaparecer y a la vez sentir la necesidad de regresar a nosotros mismos en la búsqueda de nuestra propia verdad.
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