Estoy tumbada sobre la arena caliente mirando el
cielo encapotado. Hace un calor sofocante. La expectativa gris de las nubes se
percibe como un peso y una promesa a la vez. Siento sobre mi la carga de esa
capota inmensa que me encierra en un espacio al margen del resto. Fuera de esa
capota hace sol y el aire es posiblemente fresco. Las ideas serán nítidas como
el ambiente, los pensamientos luminosos. Debajo de esta capota gris, de esta
urna de cristal los pensamientos se muerden la cola. El aire se tensa ante la
incertidumbre esperando algún movimiento, algún cambio que dé paso al instante
siguiente.
Me quedo un rato suspendida en la indefinición de este
gris que no se decide. Nos miramos mutuamente enfrentados como espejos. ¿Quién
se arriesgará primero a moverse, a dar una pista al otro de su próximo
movimiento? Él es mayor, es su turno.
El cielo abre un pequeño espacio por donde se cuela
la cola blanca de un delfín. Es un guiño. Sonrío. Después, silenciosa, vuelve a
cerrarse la cúpula exigiendo una actitud de recogimiento, un instante de sagrada
contemplación. Observo sin moverme sobrecogida por el carácter casi
apocalíptico de lo que está por llegar.
La lluvia se descarga primero en pesadas gotas
desacompasadas. Después se establece un ritmo más continuo. Mi cuerpo va
empapándose como la tierra, tan ávido como ella de ese contacto líquido. Llueve
en Levante. Llueve en agosto. La tierra lo celebra liberando olores
chamuscados. Llueve en Levante y el vacío se descarga de tensión, se permite
soltar, bañarnos de su cansancio. Llueve. Yo también suelto descansando sobre
la arena caliente bajo mi espalda, sosteniendo la lluvia fresca sobre mi pecho.
Estoy tumbada en el fondo de un océano de
aire…llueve.
No podría decir si respiro o nado. No me muevo.
Quiero vivir la experiencia de bañarme de agua en el fondo de este océano de
aire. La lluvia me va empapando, contándome lo que paso allí arriba, en las
nubes. Viene de tan lejos, ha hecho tanto camino que ya solo le queda fuerza
para desplomarse sobre mi…sobre la arena…sobre las algas secas y las olas
húmedas. Ha venido a rendirse a este hueco de aire, exhausta, impotente,
casi muerta. Su viaje termina aquí pero también podría decirse que empieza. No
existe el tiempo para la lluvia.
Sobre mi siento las colinas frías del norte, las
hojas de los castaños, el musgo inerte. La lluvia cuenta su viaje y se
desvanece pegada a la piel del mundo. Yo sigo aquí, dejándome abrazar por su
ausencia.