Hace meses me encontré remando con el miedo a bordo,
como aquel chico con su tigre en la inmensidad del Pacífico. Estábamos solos,
frente a frente, a merced de la insondable hondura del océano. Nos mirábamos
recelosos como si fuera la primera vez que nos veíamos. Sin embargo llevábamos
años en el mismo barco navegando juntos las aguas de la inconsciencia. Pero era
ahora cuando por fin nos poníamos rostro, nos veiamos las caras proyectando la
mirada el uno sobre el otro. Mi miedo era hermoso, salvaje, feroz. Sus
diminutos ojos amarillos concentraban una fuerza indomable, la fuerza del
instinto primitivo del que nació. Miraba los ojos de mi tigre, los ojos de mi
miedo y en ellos podía ver el miedo humano más antiguo, el origen de todo
miedo. No alcancé a entender que podía él ver en mi. Quizá una posible
víctima…quizá un verdugo…o quizá
solo me prestaba un servicio. Fuera lo que fuere no me quitaba ojo. Pasamos así
largas horas buscándonos con la mirada durante el día e intuyéndonos en la
negrura de la noche. Con el tiempo la tensión fue relajándose de nuestros
cuerpos y adoptamos posturas que pasaron de un inevitable desafío a una cierta
indiferencia. Aun así no perdíamos conciencia de la presencia del otro.
Nos fuimos acostumbrando a navegar juntos, en
silencio, sin molestarnos. Nuestras vidas discurrían de forma habitual pero en
otro lugar navegábamos sin rumbo en la inmensidad del océano. Nunca mostró el
menor gesto de ataque, ni siquiera llegó a enseñarme los dientes, solo estaba allí,
esperando. Con el tiempo nos dimos cuenta de que tratábamos entre iguales. Yo
carecía de sus colmillos afilados como puñales, de sus garras implacables, de
su velocidad de felino. Sin embargo mi sencilla presencia se iba fortaleciendo
con el paso de los días, mientras él, a mi lado, parecía disminuir de tamaño.
Creo que llegamos a hacernos amigos, o algo bastante
parecido. Cuando pensaba en él ya no lo hacia con la ferocidad y el temor de
antes, si no con una cierta complicidad, aceptando el lugar que ocupaba en la
barca que compartíamos, en la vida. Era consciente de que esa amistad no era
posible pero en aquel momento creía en mi necesidad de reconciliación.
Una tarde me olvidé de él y salté al agua. Buceé
profundo, quería llegar más allá de su imagen, descubrir que había detrás. Me
adentré en la oscuridad del océano, sin una brizna de luz, sin una referencia
conocida. Aun así algo tiraba de mi, algo me empujaba a seguir dando brazadas a
ciegas. El miedo se había quedado en la superficie, buceaba libre, sola.
Después de un tiempo flotando en las tinieblas sentí que me rozaba un aleteo. Un destello naranja iluminó como un relámpago la
ceguedad del espacio. El tigre nadaba delante de mi abriéndose paso entre las
olas de negrura espesa. Le seguí. Parecía seguro de si mismo, su nado era
firme, me guiaba.
Me ha gustado. El símil con nuestro querido Pi es perfecto. Todos necesitamos un tigre que nos asuste primero, nos fortalezca después y nos enseñe el camino al final.
ResponderEliminarGuille
Ahi Guille!! Nuestro querido Richard Parker!!
EliminarDebemos aprender a integrar el miedo como una parte de la vida, enfrentarlo para llegar a transcenderlo y liberar el dolor que llevamos acumulado desde el pasado.
ResponderEliminarNo hay que tener miedo al miedo, hay que entrar en él y leer su mensaje. Si no nos aventuramos en lo desconocido por miedo, no hallaremos lo que se encuentra en lo más profundo de nuestro ser.
Asi es.
EliminarDebemos aprender a integrar el miedo como una parte de la vida, enfrentarlo para llegar a transcenderlo y liberar el dolor que llevamos acumulado desde el pasado.
ResponderEliminarNo hay que tener miedo al miedo, hay que entrar en él y leer su mensaje. Si no nos aventuramos en lo desconocido por miedo, no hallaremos lo que se encuentra en lo más profundo de nuestro ser.