lunes, 1 de febrero de 2016

El miedo y yo



Hace meses me encontré remando con el miedo a bordo, como aquel chico con su tigre en la inmensidad del Pacífico. Estábamos solos, frente a frente, a merced de la insondable hondura del océano. Nos mirábamos recelosos como si fuera la primera vez que nos veíamos. Sin embargo llevábamos años en el mismo barco navegando juntos las aguas de la inconsciencia. Pero era ahora cuando por fin nos poníamos rostro, nos veiamos las caras proyectando la mirada el uno sobre el otro. Mi miedo era hermoso, salvaje, feroz. Sus diminutos ojos amarillos concentraban una fuerza indomable, la fuerza del instinto primitivo del que nació. Miraba los ojos de mi tigre, los ojos de mi miedo y en ellos podía ver el miedo humano más antiguo, el origen de todo miedo. No alcancé a entender que podía él ver en mi. Quizá una posible víctima…quizá un verdugo…o quizá solo me prestaba un servicio. Fuera lo que fuere no me quitaba ojo. Pasamos así largas horas buscándonos con la mirada durante el día e intuyéndonos en la negrura de la noche. Con el tiempo la tensión fue relajándose de nuestros cuerpos y adoptamos posturas que pasaron de un inevitable desafío a una cierta indiferencia. Aun así no perdíamos conciencia de la presencia del otro.

Nos fuimos acostumbrando a navegar juntos, en silencio, sin molestarnos. Nuestras vidas discurrían de forma habitual pero en otro lugar navegábamos sin rumbo en la inmensidad del océano. Nunca mostró el menor gesto de ataque, ni siquiera llegó a enseñarme los dientes, solo estaba allí, esperando. Con el tiempo nos dimos cuenta de que tratábamos entre iguales. Yo carecía de sus colmillos afilados como puñales, de sus garras implacables, de su velocidad de felino. Sin embargo mi sencilla presencia se iba fortaleciendo con el paso de los días, mientras él, a mi lado, parecía disminuir de tamaño.

Creo que llegamos a hacernos amigos, o algo bastante parecido. Cuando pensaba en él ya no lo hacia con la ferocidad y el temor de antes, si no con una cierta complicidad, aceptando el lugar que ocupaba en la barca que compartíamos, en la vida. Era consciente de que esa amistad no era posible pero en aquel momento creía en mi necesidad de reconciliación.

Una tarde me olvidé de él y salté al agua. Buceé profundo, quería llegar más allá de su imagen, descubrir que había detrás. Me adentré en la oscuridad del océano, sin una brizna de luz, sin una referencia conocida. Aun así algo tiraba de mi, algo me empujaba a seguir dando brazadas a ciegas. El miedo se había quedado en la superficie, buceaba libre, sola.

Después de un tiempo flotando en las tinieblas sentí que me rozaba un aleteo. Un destello naranja iluminó como un relámpago la ceguedad del espacio. El tigre nadaba delante de mi abriéndose paso entre las olas de negrura espesa. Le seguí. Parecía seguro de si mismo, su nado era firme, me guiaba.

5 comentarios:

  1. Me ha gustado. El símil con nuestro querido Pi es perfecto. Todos necesitamos un tigre que nos asuste primero, nos fortalezca después y nos enseñe el camino al final.

    Guille

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  2. Debemos aprender a integrar el miedo como una parte de la vida, enfrentarlo para llegar a transcenderlo y liberar el dolor que llevamos acumulado desde el pasado.
    No hay que tener miedo al miedo, hay que entrar en él y leer su mensaje. Si no nos aventuramos en lo desconocido por miedo, no hallaremos lo que se encuentra en lo más profundo de nuestro ser.

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  3. Debemos aprender a integrar el miedo como una parte de la vida, enfrentarlo para llegar a transcenderlo y liberar el dolor que llevamos acumulado desde el pasado.
    No hay que tener miedo al miedo, hay que entrar en él y leer su mensaje. Si no nos aventuramos en lo desconocido por miedo, no hallaremos lo que se encuentra en lo más profundo de nuestro ser.

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