Entro en la cueva del Minotauro a pesar de que
Ariadna me agarra del brazo y me dice que no entre. Algo en mi sabe que tengo
que entrar, que tengo que llegar hasta él para comprender. Ariadna es una niña
de seis años que juega entretenida a mi alrededor. Nos bañamos juntas en la
piscina. Jugamos a bucear para
despertar al unicornio que hay dibujado dentro de un círculo en el fondo. Le
hacemos preguntas, él nos responde. Ariadna tiene el poder del hielo, yo el del
fuego. Ariadna es una sirena, yo un dragón. Jugamos un buen rato como sirena y
dragón hasta que ella pierde su cola. Un unicornio malo se la ha escondido al otro
lado de la piscina. La encontramos. Cuando descansamos flotando un rato sin
hacer nada le pregunto para que necesitamos el hilo de Ariadna. Me dice que
para que la abuela no se pierda. Su abuela es mi amiga la araña, la hilandera,
la balanguera. La abuela va a entrar en la cueva, yo también. Quizá entremos
juntas…
Llevo el hilo de Ariadna entre los dedos trenzado en
ochos. Cada nudo una limitación aprendida. Escucho en alguna película: el
Minotauro se alimenta de miedo…el miedo se alimenta de creencias. Liberando las
creencias muere el Minotauro.
Hay tantas creencias que han echado raíz en mi que me
sería difícil arrancarlas todas. Pero veo una, una que brilla por encima de
todas las demás como un cartel de neón. ¿Serás capaz? ¿Serás capaz de caminar
hasta el Minotauro? ¿Serás capaz de matarlo? ¿Serás capaz de volver?....
Temo de lo que soy capaz. Una pequeña voz habla
constantemente dentro de mi para recordarme lo poco de lo que soy capaz: mira
donde has llegado…sin trabajo, sin pareja, sin seguridad, sin plan…La Voz aunque
tenue, tiene mucho peso. Habla en susurros de lo que he perdido, de la víctima
en que me he convertido. Hay algo en esa voz que me sugiere merecerlo. Tienes
tanto miedo de valer, de ser algo más…la escucho que susurra por debajo. ¿Seré
capaz?