lunes, 22 de febrero de 2016

Mi padre

 Mi padre ha muerto. Una imagen me ha traído su recuerdo. Su corazón se paró en seco, lo derrumbó caminando… el mío latió con más fuerza.

Un segundo estaba, el siguiente partió. ¡Qué viaje tan repentino!. La imagen de su partida sobre las baldosas frías cristalizó en mi memoria. Envuelto en su abrigo de domingo mirando a ninguna parte, su rostro pálido, su cuerpo inerte, sus manos frías. Mi padre, el gran pilar de mi vida derrumbado en el suelo como un hombre muerto. Mi padre arrasado por la fuerza de un terremoto interno. Me arrodillé, le tomé la mano, le llamé…no volvió.

Te dejaste tantas cosas…tus libros, cientos de papeles, tus apuntes, tus escritos, tus coches de infancia…hemos tirado mucho, lo superficial, lo que no entendíamos. Nos hemos quedado cada uno con lo que acierta a entender.

¿Quién fuiste padre?. Yo conocí una parte, un cachito de quien fuiste, lo que me dejaste ver. Pero sé que fuiste mucho más escuchando las palabras de los que han venido a despedirte. Mi cachito es suficiente pero no podré verte del todo, saberte entero. Supongo que eres todos esos trocitos que dejaste esparcidos entre tu gente cercana, entre tus amigos, tus conocidos. Innumerables fragmentos de un hombre que hoy se reúnen sin saber que cada uno trae una parte de ti que los demás no tienen. Quizá eso sea lo más hermoso, verte fragmentado en los corazones de tanta gente.

Padre, ya no eres mío, nunca lo fuiste. Perteneces al mundo, a la gente, a la muerte tanto como a mi. Tu memoria será incompleta, no podré llenarla pero me conformo con lo que dejaste. Escucho mi corazón y te escucho. Muchas palabras, mucha ternura, muchos enfados, muchas sonrisas, todo está en mi. Intento que mi fragmento esté completo, no esconder nada, no idealizarte. Abrirme a tus luces y a tus sombras para saber un poco más quien soy, a quien me acerco cada mañana en el espejo del día. Te agradezco que me trajeras, que me guiaras, que anduvieras cerca. No fuiste perfecto. No soy perfecta. Eso es así.

Desde mi corazón los latidos de mi padre me cuentan que seré capaz.

lunes, 15 de febrero de 2016

¿Quién está al cargo?

 Hay días, cuando me encuentro muy pérdida, que siento la inaplazable necesidad de pedir explicaciones, de preguntar quien está al cargo, quien me ha arrastrado hasta este lugar vacío y sin sentido.

Pregunto porque necesito saber quien es responsable de mi situación. Tiene que haber alguien detrás, alguien que mueve los hilos, alguien que me ha dejado sin padre, sin amiga, sin compañero, sin trabajo. Alguien tiene que haber que ha de pagar por todo esto.

Pregunto y el vacío me responde:…………

Si escucho ese silencio y lo dejo penetrar en mi, hay palabras que surgen y me contestan: hace meses saltaste al vacío, ¿recuerdas?

Recuerdo el dibujo de una niña saltando, una niña que caía sin llegar al suelo, flotando en la caída, concentrada en el salto. Un dibujo que todavía guardo entre mis papeles porque me impresionó. Saltar al vacío dejando sostenerse por el vacío mismo, por la incertidumbre, por lo desconocido. ¿Cómo alguien podría entregarse de forma consciente a semejante locura?. La niña saltaba confiada, parecía disfrutar de su decisión. Pero ¿yo? ¿Había realmente saltado con ella conservando su dibujo entre mis carpetas de trabajo? ¿Había saltado y vivía ahora las consecuencias de ese salto en mi vida? ¿Puede uno dar un salto de conciencia y traer a su vida las consecuencias de ese acto? ¿O daba el salto para empujarme a tomar conciencia?

Si era así no había a quién señalar, era inútil intentar buscar a alguien para hacerle pagar el daño. Me revuelvo. Cuesta hacerse responsable de la propia vida. Darme cuenta y aceptarlo suponía no solo dejar de quejarme si no liberarme del peso de buscar. No había nada ni nadie a quien buscar. Solo podía apelar a mi misma para encontrar la respuesta. Si la respuesta no aparecía no podía hacer otra cosa que esperar. Porque la respuesta estaba ahí dentro, en algún lugar de mi cuerpo, en algún lugar de mi alma, esperando a que estuviese lista para comprenderla.

Esperar era dejarme ser….quererme de esa forma incondicional que acepta lo que fui…lo que soy…lo que seré. Esperar era un acto de amor hacia mi misma, un todo esta bien, un saltaste y aquí estás. En un mundo apresurado en continuo movimiento esperar era lo más difícil que podía hacer. Sola, con dos hijos adolescentes a mi cargo, la vida me pedía que esperase…que comprendiese…sentada en una barca sin mástil…sin timón…sin ancla…en medio de un océano inmóvil…cercada por una espesa niebla…

Me amé…esperé…

lunes, 1 de febrero de 2016

El miedo y yo



Hace meses me encontré remando con el miedo a bordo, como aquel chico con su tigre en la inmensidad del Pacífico. Estábamos solos, frente a frente, a merced de la insondable hondura del océano. Nos mirábamos recelosos como si fuera la primera vez que nos veíamos. Sin embargo llevábamos años en el mismo barco navegando juntos las aguas de la inconsciencia. Pero era ahora cuando por fin nos poníamos rostro, nos veiamos las caras proyectando la mirada el uno sobre el otro. Mi miedo era hermoso, salvaje, feroz. Sus diminutos ojos amarillos concentraban una fuerza indomable, la fuerza del instinto primitivo del que nació. Miraba los ojos de mi tigre, los ojos de mi miedo y en ellos podía ver el miedo humano más antiguo, el origen de todo miedo. No alcancé a entender que podía él ver en mi. Quizá una posible víctima…quizá un verdugo…o quizá solo me prestaba un servicio. Fuera lo que fuere no me quitaba ojo. Pasamos así largas horas buscándonos con la mirada durante el día e intuyéndonos en la negrura de la noche. Con el tiempo la tensión fue relajándose de nuestros cuerpos y adoptamos posturas que pasaron de un inevitable desafío a una cierta indiferencia. Aun así no perdíamos conciencia de la presencia del otro.

Nos fuimos acostumbrando a navegar juntos, en silencio, sin molestarnos. Nuestras vidas discurrían de forma habitual pero en otro lugar navegábamos sin rumbo en la inmensidad del océano. Nunca mostró el menor gesto de ataque, ni siquiera llegó a enseñarme los dientes, solo estaba allí, esperando. Con el tiempo nos dimos cuenta de que tratábamos entre iguales. Yo carecía de sus colmillos afilados como puñales, de sus garras implacables, de su velocidad de felino. Sin embargo mi sencilla presencia se iba fortaleciendo con el paso de los días, mientras él, a mi lado, parecía disminuir de tamaño.

Creo que llegamos a hacernos amigos, o algo bastante parecido. Cuando pensaba en él ya no lo hacia con la ferocidad y el temor de antes, si no con una cierta complicidad, aceptando el lugar que ocupaba en la barca que compartíamos, en la vida. Era consciente de que esa amistad no era posible pero en aquel momento creía en mi necesidad de reconciliación.

Una tarde me olvidé de él y salté al agua. Buceé profundo, quería llegar más allá de su imagen, descubrir que había detrás. Me adentré en la oscuridad del océano, sin una brizna de luz, sin una referencia conocida. Aun así algo tiraba de mi, algo me empujaba a seguir dando brazadas a ciegas. El miedo se había quedado en la superficie, buceaba libre, sola.

Después de un tiempo flotando en las tinieblas sentí que me rozaba un aleteo. Un destello naranja iluminó como un relámpago la ceguedad del espacio. El tigre nadaba delante de mi abriéndose paso entre las olas de negrura espesa. Le seguí. Parecía seguro de si mismo, su nado era firme, me guiaba.