Después de la tercera baja médica empecé a sentir que
me cercaba el vacío. Recuerdo haber dicho a varias personas que me parecía
estar en limbo, flotando en ninguna parte en concreto. No sé si me entendían
porque solían mirarme con un gesto entre burlón y descreído. El mundo a mi
alrededor seguía empeñado en su rutina diaria mientras yo no podía hacer otra
cosa que seguir a mi hombro. Tampoco podía conducir así que caminaba. El dolor los
primeros días había sido muy intenso, tanto que solo las estupideces de la
televisión me mantenían distraída. Esa era mi única dedicación, la televisión.
Cuando el dolor remitió empecé a caminar arriba y abajo para dar sentido a mis
días.
El dolor es un aviso, una llamada que surge del
silencio más inconsciente para decirte: ¿todavía no sabes de qué te hablo?. Y
uno generalmente no tiene ni idea de que habla ese cuerpo que se queja sin
sentido. Mi hombro hablaba pero yo no acababa de entender. Para y siéntete!
decía, pero uno no puede parar así como así, no es posible. Yo insistía en
seguir pero él se negaba a moverse más allá de un cierto balanceo.
La vida fuera seguía su curso mientras algo
indefinible se cernía entorno a mi como una gabardina estrecha.
El año había sido tan largo y solo estábamos a
junio….
Tres muertes seguidas, tres ausencias, tres pérdidas.
Mi cuerpo sentía los huecos que cada pérdida había taladrado como
agujeros redondos y precisos, pero yo me negaba a mirar el alcance de semejante escabechina.
¿Qué
haces tan cerca de mi vacío? ¿quién eres? ¿a qué has venido?