martes, 26 de enero de 2016

El vacío

 Después de la tercera baja médica empecé a sentir que me cercaba el vacío. Recuerdo haber dicho a varias personas que me parecía estar en limbo, flotando en ninguna parte en concreto. No sé si me entendían porque solían mirarme con un gesto entre burlón y descreído. El mundo a mi alrededor seguía empeñado en su rutina diaria mientras yo no podía hacer otra cosa que seguir a mi hombro. Tampoco podía conducir así que caminaba. El dolor los primeros días había sido muy intenso, tanto que solo las estupideces de la televisión me mantenían distraída. Esa era mi única dedicación, la televisión. Cuando el dolor remitió empecé a caminar arriba y abajo para dar sentido a mis días.

El dolor es un aviso, una llamada que surge del silencio más inconsciente para decirte: ¿todavía no sabes de qué te hablo?. Y uno generalmente no tiene ni idea de que habla ese cuerpo que se queja sin sentido. Mi hombro hablaba pero yo no acababa de entender. Para y siéntete! decía, pero uno no puede parar así como así, no es posible. Yo insistía en seguir pero él se negaba a moverse más allá de un cierto balanceo.

La vida fuera seguía su curso mientras algo indefinible se cernía entorno a mi como una gabardina estrecha.

El año había sido tan largo y solo estábamos a junio….

Tres muertes seguidas, tres ausencias, tres pérdidas. Mi cuerpo sentía los huecos que cada pérdida había taladrado como agujeros redondos y precisos, pero yo me negaba a mirar el alcance de semejante escabechina.

 ¿Qué haces tan cerca de mi vacío? ¿quién eres? ¿a qué has venido?

viernes, 22 de enero de 2016

Cartas desde el vacío

 
Me escribo un poco cada día para recordarme que no he de hacer nada. Estoy sentada en el vacío, rodeada de vacío. Mi vida fuera ha ido derrumbándose poco a poco a lo largo del año. Conflictos, pérdidas, desapariciones, cambios continuos hasta dejarme en esta playa sin arena, sin olas, sin gota de mar.

Me escribo un poco cada día para darme alguna pista porque rumbo no tengo, el timón también se fue. He llegado hasta aquí sola, navegando en solitario como se hace todo en la vida aunque nos parezca lo contrario. Mi barco rompió el mástil, rasgo las velas, perdió el ancla. Sentada en su casco con la mano de visera sobre los ojos, recorro el horizonte vacío y me encojo de no ver nada ni a nadie.

Cuando uno acepta donde ha llegado solo es necesario el tiempo para comprender. Tengo tiempo, me han dejado sin hacer…